🧘‍♂️ El amor en el matrimonio

En una escuela secundaria de Kioto, durante una clase de ética, el profesor abrió un espacio para preguntas. Un alumno levantó la mano con timidez, pero con firmeza en la voz:

—Profesor, ¿Qué sentido tienen las relaciones de pareja antes del matrimonio? ¿Y cómo saber si una relación está destinada a formar un hogar y una familia?

El profesor, un hombre de mediana edad con gafas redondas y mirada serena, dejó el libro sobre la mesa y respondió:

—Las relaciones de pareja son como el estudio de una lengua extranjera. Puedes aprender vocabulario, gramática, incluso conversar… pero no sabrás si puedes vivir en ese país hasta que lo visites. Las relaciones prematrimoniales pueden ser una forma de conocerse, de entender si hay armonía, respeto y propósito compartido. Pero si se viven sin conciencia, pueden convertirse en ruido, no en música.

El alumno asintió, pero su rostro mostraba que la respuesta no le bastaba. Al salir del colegio, fue directo al dojo donde entrenaba artes marciales desde niño. Allí lo esperaba su maestro, un anciano de cabello blanco recogido en un moño, que barría el tatami con calma.

—Maestro —dijo el alumno—, hoy en clase hablamos de las relaciones de pareja. El profesor dijo que son como aprender una lengua extranjera. Pero… ¿Cómo saber si una relación está alineada con el camino del hogar y la familia?

El maestro dejó la escoba a un lado, se sentó en posición de loto y le hizo una seña para que se acercara.

—Cuando entrenas con alguien en combate —dijo—, puedes sentir si su energía te complementa o te choca. Si te empuja a ser mejor o te desequilibra. En las relaciones ocurre lo mismo. Una pareja que está destinada a formar hogar no busca vencer al otro, sino moverse juntos como agua y roca: distintos, pero en armonía.

El alumno cerró los ojos por un momento. En su mente, vio a sus padres cocinando juntos, riendo. Vio a su hermana peleando con su novio, pero luego abrazándose con ternura. Y entendió que el amor no es una fórmula, sino una práctica diaria, como el arte del combate: respeto, presencia y propósito.

El maestro sonrió al ver la expresión del alumno.

—Recuerda —dijo—: el amor no se mide por la intensidad del fuego, sino por la constancia del calor.

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