Tu vida parte de un sueño, vive en el presente sin olvidar que tu objetivo es aquel sueño que amaste de verdad
🌬️ El cuenco y el silencio
El maestro Takeshi se sentó en el centro del dojo, con un cuenco de madera entre las manos. —Hoy no hablaremos de técnicas —dijo—. Hoy aprenderemos a escuchar.
Los alumnos se acomodaron en círculo. Uno de ellos, Haru, parecía inquieto. Su respiración era rápida, sus ojos evitaban el contacto.
El maestro no dijo nada. Solo observó. Respiró lento. Cerró los ojos.
Pasaron minutos. El silencio se volvió denso, pero no incómodo.
Finalmente, Haru habló: —Maestro… no sé si quiero seguir. Me siento perdido.
El maestro abrió los ojos y sonrió. —¿Y cómo respiras cuando te sientes perdido?
Haru dudó. —Rápido. Como si algo me persiguiera.
—Entonces respira como si nada te persiguiera. Respira como si el momento fuera suficiente.
Haru lo imitó. Inspiró. Expiró.
—¿Y qué escuchas ahora? —preguntó el maestro.
—El viento. Mis latidos. El cuenco.
—Y eso es saber. No lo que se dice, sino lo que se comprende cuando uno está presente.
El maestro colocó el cuenco frente a Haru. —Llénalo de agua. Pero solo cuando sientas que es el momento.
Haru esperó. Observó. Respiró. Y cuando el silencio se volvió claro, vertió el agua.
—Así se sirve el conocimiento —dijo el maestro—. No cuando uno quiere, sino cuando el momento lo pide.
—Haru inquieto, preguntó ¿Cuando lo pide el momento?
El maestro dijo:
—Os diré ejemplos de circunstancias que pasaron con este mismo tema entre mi maestro y yo cunado aprendía cuando es el momento:
🧺 1. En la colada: limpiar sin prisa
Mientras los alumnos lavaban sus uniformes, el maestro se acercó con una sonrisa. —No se trata solo de quitar manchas —dijo—. Se trata de ver cómo las manos se mueven, cómo el agua fluye, cómo el cuerpo respira.
Uno de los alumnos, Kenji, frotaba con fuerza, impaciente. —¿Por qué no sale esta mancha?
—Porque la estás atacando —respondió el maestro—. Respira. Suelta. Observa.
Kenji lo hizo. Y la mancha, como si entendiera, se desvaneció.
—La paciencia limpia más que la fuerza —dijo el maestro.
🧘 2. En la postura: el cuerpo como espejo
Durante la meditación, el maestro observó a Aiko encorvada, con la respiración entrecortada. —¿Qué te pesa? —preguntó.
—No lo sé. Me siento cansada.
—Tu cuerpo lo sabe. Escúchalo. Endereza tu columna. Respira desde el vientre.
Aiko lo hizo. Y al cabo de unos minutos, sus ojos se iluminaron.
—Me siento más ligera.
—Porque el cuerpo no miente —dijo el maestro—. Cuando lo escuchas, te revela lo que el alma calla.
🫖 3. En la cocina: servir con atención
En la hora del té, el maestro pidió a los alumnos que sirvieran sin hablar.
Uno de ellos, Daichi, derramó agua al llenar las tazas. —Lo siento, maestro. Me distraje.
—No es la distracción lo que derrama —dijo el maestro—. Es la prisa.
Daichi respiró. Sirvió de nuevo. Esta vez, el agua fluyó como si supiera dónde detenerse.
—Cuando atiendes, el mundo coopera contigo.
🗣️ 4. En la conversación: decir lo justo
Una tarde, los alumnos discutían sobre quién debía liderar el grupo en una exhibición.
El maestro escuchó en silencio.
Cuando todos terminaron, preguntó: —¿Alguien respiró antes de hablar?
Nadie respondió.
—Entonces no hablaron ustedes —dijo—. Habló la reacción.
—¿Y cómo se habla con sabiduría? —preguntó uno.
—Respiras. Escuchas. Comprendes. Y entonces, si es necesario, hablas.
El grupo se quedó en silencio. Y en ese silencio, surgió la decisión justa.
🌅 5. En el descanso: saber parar
Al final del día, el maestro se tumbó en el tatami. —Hoy no hay más que hacer —dijo—.
—¿No deberíamos repasar la técnica? —preguntó un alumno.
—La técnica sin descanso se vuelve torpe.
—¿Y cómo se descansa bien?
—Respirando. Sintiendo el cuerpo. Dejando que el momento sea suficiente.
Y así, el dojo se llenó de una paz que no venía del silencio, sino de la presencia.
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