🌿 El monje y el ombligo de barro
En un pequeño monasterio de montaña vivía un joven discípulo llamado Ren. Era aplicado, inteligente y rápido para aprender… pero tenía un defecto que le pesaba como una piedra en el zurrón: cada vez que cometía un error, se enfadaba consigo mismo. Se decía cosas duras, se castigaba, y acababa escondiendo lo que había hecho mal como quien barre el polvo bajo la alfombra.
Un día, después de romper por accidente una vasija antigua, Ren se encerró en su celda, avergonzado. El maestro Kō, que tenía más años que el bosque y más paciencia que el río, fue a buscarlo.
—Ren —dijo el maestro—, ¿por qué te escondes?
—He fallado otra vez. No quiero que nadie me vea así.
Kō sonrió con esa calma que sólo tienen los que ya han tropezado mil veces.
—Ven conmigo.
Lo llevó al jardín, donde había un pequeño estanque. El agua estaba quieta como un espejo. El maestro se arremangó el hábito, se sentó en el suelo y, para sorpresa de Ren, se señaló el ombligo.
—Míralo —ordenó.
Ren obedeció, desconcertado.
—¿Qué ves?
—Pues… su ombligo, maestro.
—Exacto. Un agujerito humilde. Nada especial. Pero si meto el dedo —dijo Kō, hundiéndolo suavemente—, ¿sabes qué encuentro?
Ren negó con la cabeza.
—Barro. Siempre barro. Porque soy humano. Porque camino, tropiezo, sudo, vivo. El barro no es un fallo: es señal de que he estado en el mundo.
El maestro se limpió el dedo en la túnica sin prisa.
—Tus errores son ese barro. No sirven para esconderlos ni para avergonzarte. Sirven para mirarlos, tocarlos, entender de dónde vienen… y limpiarlos con cariño. Si no te miras el ombligo, Ren, el barro se acumula y te pesa. Si lo miras con honestidad, se convierte en camino.
Ren se quedó en silencio. Por primera vez, no sintió vergüenza, sino una extraña ternura hacia sí mismo.
—Maestro… ¿y si vuelvo a llenarme de barro?
Kō rió.
—Entonces te lo vuelves a mirar. Después de mirártelo conviene preguntar ¿En qué he errado? ¿En mi camino que he tomado el error es desconocido?
Es desconocido. ¿Qué debo hacer para corregir mi error?
Mírate al espejo, después pregúntate quién eres y luego de responderte a ti mismo con lógica y criterio
Cierra los ojos, escucha tu ser interno que siempre estuvo ahí contigo y siguiendo el recto pensar que es común a todas las confesiones religiosas sean o no atheas y pregúntate qué puede hacer para hablar con él, pedirle ayuda y sentir cómo puede venir la ayuda:
U pensamiento a modo de solución en ese momento
Una solución te vendrá según el día de trabajo ó de descanso haciendo algo ó conversando
Haciendo algo nuevo
Leyendo un libro,... ó haciendo algo diferente mientras te relajas y disfrutas. la ansiedad lleva a la preocupación, la preocupación lleva a el miedo y la tensión ocasionada hace olvidarte de tí y sólo piensas en cumplir con algo que no sabes que es y que no eres tú (eso es seguir el buen egoismo).
viendo una película ó ...
Escribiendo el problema en una papel y luego de poner en el mismo ¿cuál es la solución?
Esperar a que sin tu buscarlo, encontrar la solución
confianza y paciencia.
¿Es un error de antaño que ahora repito? La experiencia es un grado, Aplícala y después
con experiencia y buen hacer y siempre agradecimiento por comprender el conocimiento adquirido y sintiendo la tierra y con ella el latido del corazón siendo sinceros con nuestra labor y tareas de cada día sigamos el ejemplo de la luna girando en torno a la tierra y la Tierra girando en torno al sol. Piano piano se arriba lontano - sin prisa pero sin pausa - y en el descanso adecuado hagamos pausa física pero la mente regula, alimenta, un tentempie, una buena conversación, un agradecimiento y a continuar.
Y mientras el sol caía sobre el estanque, Ren comprendió que la verdadera disciplina no era no equivocarse, sino aprender a mirarse por dentro sin miedo, sin castigo y sin prisa. Como quien mira su propio ombligo y descubre que, en el fondo, también ahí habita la luz.
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