El niño de los mil caminos

En un pequeño pueblo rodeado de montañas y niebla, vivía un niño llamado Iván. Tenía el corazón tan grande como el cielo de otoño, y la curiosidad de mil gatos. Pintaba, corría, leía, tocaba instrumentos, ayudaba a los vecinos, soñaba con ser muchas cosas… pero no sabía cuál era su verdadero camino.

Cada día, Iván despertaba con entusiasmo, pero cada noche se dormía con dudas. “¿Quién soy?”, se preguntaba. “¿Qué debo hacer con mi vida?”. Su alma era como un lago agitado por muchos vientos, y aunque su bondad era evidente, su inocencia lo hacía vulnerable a quienes querían aprovecharse de su confusión.

Iván vivía en un barrio donde las noches eran largas y las tentaciones estaban a la vuelta de cada esquina. Tenía amigos —o al menos eso creía— que lo invitaban constantemente a salir, a beber hasta perder el sentido, a probar sustancias que prometían olvidar el dolor pero que solo lo hundían más.

A veces, se negaba. Otras veces, no. No porque quisiera, sino porque no sabía cómo decir que no sin perder el poco afecto que sentía recibir. “Vamos, solo esta vez”, le decían. “No seas aburrido.” Y así, entre risas falsas y humo espeso, Iván se fue alejando de quien realmente era, aislando de sus compañeros de clase hasta que casi siempre se le veía sólo en los caminos de casa a colegio, en los paseos durante los recreos ó jugando sólo, los fines de semana, con un balón de baloncesto y, a veces, con una raqueta de ping-pong y una pelota pequeña blanca.

Su hogar no ofrecía refugio. Su familia desconocía sus problemas, pues se los guardaba dentro de sí y el silencio era su mejor refugio. En esos días, Iván soñaba con escapar, pero no sabía hacia dónde. Hasta que una noche, después de una pelea en la calle, un anciano lo encontró sentado en un portal, con la mirada perdida.

No le ofreció sermones. Solo le dijo: “Si estás cansado de que te arrastren, aprende a caminar solo.”

Un día, mientras caminaba por el bosque buscando respuestas en el canto de los pájaros, se encontró con un chico que iba al colegio con él , aunque en curso superiores, éste le miró con mirada serena y con voz tranquila le dijo que era discípulo de Akio, un maestro de artes marciales de la zona aunque extranjero. En la conversación salió a relucir problemas comunes que hizo que Iván se interesase por Akio.

Un día se atravió a ir al gimnasio de Akio haciendo caso a la proposición del alumno que vió en al parque.

—Tu corazón es noble, Iván—dijo el maestro Akio—, pero tu alma necesita raíces y fortaleza mental. Ven con nosotros. No te enseñaremos qué camino tomar, sino cómo caminar sin perderte.

Desde ese día, Iván comenzó un viaje interior. Aprendió a escuchar el silencio, a observar sin juzgar, a reconocer la sombra sin temerla. Descubrió que la fuerza no está en el puño cerrado, sino en el alma que no se quiebra ante la duda. Aprendió a proteger su esencia sin perder su ternura.

Y aunque aún no sabía qué sería en la vida, ya no le preocupaba. Porque había comprendido que el camino no se elige con la mente, sino que se revela cuando el corazón está en paz.

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