Tu vida parte de un sueño, vive en el presente sin olvidar que tu objetivo es aquel sueño que amaste de verdad
🌿 El cuento: La Casa del Viento Quieto
En lo alto de una colina, donde el viento parecía detenerse para escuchar, se encontraba un pequeño monasterio cristiano. A pocos pasos, cruzando un puente de madera, vivían unos monjes seguidores de Confucio y unos ancianos practicantes del sintoísmo. Cada tarde, cuando el sol se inclinaba hacia el oeste, ambos grupos se reunían para compartir té y silencio.
Una tarde, los cristianos llegaron preocupados. —Hemos orado mucho —dijo fray Mateo—. Pedimos a Dios que nos muestre el camino, que nos envíe su ayuda. Pero seguimos sin encontrar claridad.
El maestro confuciano, Zhou Liang, dejó su taza sobre la mesa. —Decís que esperáis a que Dios venga a vosotros —respondió—. Pero ¿cómo puede venir algo que nunca se ha ido?
Los cristianos se miraron entre sí, confundidos.
El anciano sintoísta, Haru, añadió: —Vosotros habláis del ángel de la guarda, ¿no es así? Una presencia que os guía para no equivocaros. ¿Por qué buscáis fuera lo que ya reconocéis dentro?
Fray Mateo frunció el ceño. —Porque Dios es grande, inmenso, y nosotros pequeños. ¿Cómo podría estar dentro de nosotros?
Zhou Liang sonrió con suavidad. —La inmensidad no necesita ocupar espacio. La sabiduría no necesita forma. La unidad no necesita límites. Cada persona es distinta, única, irrepetible. Y sin embargo, todos compartimos la misma raíz. ¿No es eso lo que llamáis el misterio de la fe?
Los cristianos guardaron silencio. El viento también.
Haru tomó una rama caída y dibujó un círculo en la tierra. —Mirad este círculo. Cada punto es diferente, pero todos pertenecen a la misma línea. Si uno se rompe, el círculo deja de ser círculo. Así es la humanidad: cada uno aporta algo a la unidad que llamáis Dios.
Fray Mateo murmuró: —Entonces… ¿Dios no está lejos, esperando que lo llamemos?
—Dios —respondió Zhou Liang— es la suma viva de todas las conciencias, de todas las bondades, de todas las búsquedas. Cuando oráis, no llamáis a un ser distante. Despertáis la parte divina que ya vive en vosotros. Y ese “ángel guardián” del que habláis… es la forma que vuestra tradición da a la energía que os orienta hacia vuestro camino único.
Los cristianos respiraron hondo. Algo se había movido dentro de ellos, como una puerta que se abre sin ruido.
—Entonces —dijo fray Mateo—, cuando pedimos ayuda, ¿a quién hablamos?
Haru señaló el pecho del fraile. —A quien escucha desde dentro. Y también —añadió señalando el horizonte— a quien escucha desde todos.
El sol se ocultó detrás de la colina. Los monjes regresaron a sus casas con una certeza nueva: que Dios no era un visitante esperado, sino un huésped silencioso que siempre había estado allí. Y que cada día, al vivir su tarea única, contribuían a la sabiduría de la unidad que los contenía a todos y en cada cual vive siendo esta la idea de que que el hombre es a imagen y semejanza de Dios.
La conclusión a que llegaron aquellos religiosos cristianos fue :"por tanto el trabajo individual de cada cual debería ser identificar y reconocer ta l verdad en cada pensamiento, idea, obra y palabras".
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