🪷La soberbia disfrazada de virtud

En el monasterio de San Andrés del Arroyo, donde los vientos hablaban entre los alisos y olmos y los silencios eran más sabios que las palabras, se reunieron cuatro maestros para debatir un asunto que inquietaba sus corazones.

El Maestro Lim enseñaba con firmeza, corrigiendo a los discípulos con precisión. El Maestro Silvio prefería guiar con preguntas, dejando que el error floreciera hasta que el alumno lo viera por sí mismo. El Maestro Bram hablaba poco, pero su mirada penetraba como el invierno. Y el Maestro Ham Bú, el más joven, escuchaba más que hablaba, aunque su alma ardía por enseñar.

Una tarde, tras observar cómo uno de los discípulos reprendía a otro con tono altivo, los maestros se sentaron bajo el pabellón del té.

🍵 Yeold dijo:

—“El conocimiento es como el fuego: puede iluminar o quemar. Corregir al ignorante es deber del sabio.”

🌫️ Silvio respondió:

—“Pero si el sabio no se pregunta por qué corrige, puede volverse ciego en su certeza. ¿Y si el error está también en su juicio?”

🪶 Bram murmuró:

—“Muchos corrigen no por compasión, sino por vanidad. Se sienten maestros porque otros los aplauden, no porque hayan vencido su propia sombra.”

🔥 Ham Bú, con voz temblorosa, preguntó:

—“¿Y cómo saber si uno actúa desde la soberbia o desde el amor?”

Los tres mayores guardaron silencio. Luego, Yeold tomó una hoja de bambú y la partió en dos.

—“Cuando corriges desde la soberbia, el otro se rompe. Cuando corriges desde el amor, el otro se abre.”

Silvio añadió: —“Pero incluso el amor puede confundirse si no hay autocrítica. El que se cree especial por seguir a grandes maestros, sin cuestionarse, solo repite sin comprender.”

Ham Bú concluyó: —“El verdadero maestro duda antes de hablar. Y cuando habla, lo hace como quien ofrece agua, no como quien lanza piedras.”

🌌 Epílogo

Desde aquel día, los discípulos del monasterio aprendieron a corregir solo después de haberse corregido a sí mismos. Antes de hablar, se preguntaban: “¿Es esto necesario? ¿Es esto compasivo? ¿Es esto humilde? ¿Es esto correcto?”.

Y así, el conocimiento dejó de ser un arma para convertirse en un espejo. Porque en San Andrés del Arroyo, el eco del aire entre los alisos no era el sonido de la corrección, sino el susurro de la conciencia.

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