🥋 Cuento: Las huellas sobre el tatami

En el doyang, después de una intensa práctica, los alumnos se sentaron en círculo. El Maestro, con calma, les habló:

Maestro: —Hoy no quiero que pensemos en golpes ni en técnicas, sino en cómo crecemos como personas. Muchos creen que el dinero, los cargos o las responsabilidades nos hacen diferentes. Pero en este tatami, todos dejamos huellas iguales.

Alumno joven: —¿Cómo puede ser igual la huella de un maestro y la de un aprendiz?

Maestro: —La diferencia no está en el valor, sino en el momento del camino. Tú aprendes a caminar, yo ya he recorrido más pasos. Pero ambos necesitamos el tatami para sostenernos.

Alumna mayor: —¿Y fuera del doyang? Allí sí que nos comparan: por lo que ganamos, por el trabajo que tenemos.

Maestro: —Eso ocurre porque olvidamos que la sociedad es como este círculo. Cada uno aporta algo distinto: unos enseñan, otros cultivan, otros gobiernan. Pero la dignidad no se mide por dinero ni títulos, sino por la honestidad de la huella que dejamos.

El Maestro se levantó y caminó lentamente sobre el tatami. Luego pidió a cada alumno que hiciera lo mismo. Al observar las marcas de los pies descalzos, todos comprendieron: las huellas eran diferentes en forma, pero iguales en esencia.

Maestro: —Así es la vida. Crecemos, nos desarrollamos, aportamos de maneras distintas. Pero nunca debemos tratarnos con sesgos ni comparaciones. Somos iguales en valor, aunque distintos en la manera de servir.

Los alumnos se inclinaron, agradeciendo la lección. Desde entonces, cada vez que entraban al doyang, miraban sus huellas en el tatami y recordaban que la verdadera práctica no era vencer al otro, sino aprender a mirarlo como igual.

Este cuento muestra cómo el crecimiento personal en artes marciales se convierte en metáfora de la igualdad en la sociedad.

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